devanarse los sesos una y otra vez vanamente, porque sabemos que la cuestión tardará en llegar y nos honrará con su noble presencia en circunstancias jamás imaginadas, descubriendo con cierta sorpresa simulada (por cierto, previamente esbozada) la inexplicable capacidad de tomar un elemento básico del día para convertirlo en la mar de nuestras penas o en la gloria de nuestras vidas.
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